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Efraín Trelles Aréstegui*
Resumen
El autor presenta, desde una perspectiva etnohistórica, la
vida en la llaqta inkaica de Wanucu Pampa, destacando
la diversidad étnica de los habitantes de la ciudad y los
cambios sociales, políticos y económicos producidos a partir
de la llegada inkaica al área, ocupada desde momentos anteriores.
Abstract
The author presents, from a ethnohistoric perspective, the
life at the Inca llaqta of Wanucu Pampa, emphasizing
the ethnic diversity of its inhabitants and the social, political
and economic changes produced by the Inca arrival to the area,
which was occupied since previous times.
La multietnicidad de un espacio[1]
Visto a gran escala y desde el Cuzco, el espacio
que venimos conociendo se percibe como una v de vaca, cuyo
vértice estaría formado por la cuenca del Marañón y del Huallaga,
a saber la cordillera central y la oriental. Como hemos visto,
la primera era considerablemente más alta que la segunda y
mientras aquélla se conocía como Guanucopampa, ésta se denominaba
Paucarpampa. Así, los dos grandes ríos del Chinchaysuyu daban
lugar a dos grandes aperturas o explanadas: en la más alta
abundaban los guanacos, en la otra las águilas. Pero la concepción
del espacio de ambas trató de ser siempre unitaria, como que
tiempo después compartirían muchas fiestas rituales.
La vertiente de Huánuco Pampa corresponde a lo
que algunos estudiosos han llamado “Huanuco Huamalino”
y otros «reinos de guánuco», cuyos componentes llamaban Wari
al lugar sagrado de donde se habían originado hombres y dioses.
Allaucaguanuco era una de las tres parcialidades de lo que
algunos han llamado reino de Huánuco y otros Imperio Yaro,
compuesto también por ichocguanuco y huamali. Allauca e ichoc
son parte de un sistema simbólico de orientación, tomando
como referencia la salida del sol: así, allauca es la derecha
e ichoc la izquierda, o allauca el sur e ichoc el norte. Asimismo,
allauca e ichoc han sido asociados simbólica y respectivamente
con el sol y la luna, el oro y la plata, el varón y la mujer.
A su vez huamali estaría asociado al guamani, divinidad
tutelar que velaba por la fecundidad y reproducción del ganado.
Precisamente en la actual provincia de Huamalíes
se encuentran los espectaculares edificios de Piruro, en la
zona de Tantamayo. Allí se aprecian restos de casas de seis
pisos con escalera interior y techos de piedra. Dentro de
algunas de estas torres famosas hay nichos dispuestos regularmente
en cuatro o cinco pisos. Ante esos edificios -a los que los
arqueólogos se inclinan por asignar un carácter funerario,
que reflejaría la estructura parental de la comunidad- uno
no puede menos que recordar a Cieza de León, que aunque no
vio ni habló directamente sobre Tantamayo sí destacó la importancia
que entre los del reino nativo de Huánuco tenía la creencia
en la inmortalidad del alma. Impresionó al cronista la fuerza
de esos ritos mortuorios en que los señores eran enterrados
en bóvedas, pero no solos sino en compañía de «mugeres biuas
de las mas hermosas», que parecían prepararse dulcemente para
el momento de la muerte y el reencuentro con el finado.
Entre las varias unidades étnicas que habitaron
la pampa de los huanacos y la pampa de las águilas hubo amplios
vínculos de intercambio y ritual que datan de tiempos inmemoriales
y -como veremos más adelante- fueron modificados e institucionalizados
bajo el abrigo del Estado Inca. Entre la etnías situadas al
medio de ambas cuencas destaca la de los guacrachuco, asentados
en la banda oriental del Marañón. Llamados así porque solían
utilizar un gorro singular que remataba en un cuerno de venado
y eran adoradores del amaru o serpiente, los guacrachuco
han dejado algunos restos arqueológicos de importancia en
la localidad de Tinyash, actual distrito de Pinra, a seis
leguas de Huacaybamba. Según una descripción del presente
siglo, desde Tinyash se tiene una vista panorámica imponente,
por estar ubicado el sitio precisamente en las cumbres que
separan la cordillera oriental de la central. En el cuerpo
central de Tinyash se halló una bella estela de dos y medio
metros de alto y casi uno de largo, que al parecer representaba
una guerrera sosteniendo en una mano una porra y en la otra
una cabeza por trofeo.
Información de las visitas coloniales tempranas
permite apreciar más en detalle el posible asentamiento de
los chupaychu y sus vecinos inmediatos. Los yacha, llevados
por el Inca para cuidar las fortalezas de Colpagua, Cacapaza
y Cachaypagua, eran individuos altos y bien dispuestos para
la guerra. Incluso llegaron a afirmar ante el visitador que
antiguamente quienes superaban una talla mínima no pagaban
tributo alguno. Se los aprecia asentados al sur del mapa,
algo alejados de los fuertes que debían cuidar, pues ellos
estaban en zona fronteriza con los carapacho. Precisamente
en el siguiente capítulo veremos lo que esta distancia suponía
en desplazamientos y control o pérdida de recursos bajo el
Tawantinsuyo. También tendremos ocasión de mostrar la interacción
entre el Estado y los quero y mitma cusqueños,
así como algo de la relación de estos grupos con los chupaychu.
En el extremo oriental del mapa se ubican los
panatahua y los payanzo. Esta es la dirección que años más
tarde tomarían algunos indios chupaychu forzados por su encomendero
a emprender la conquista de la llamada ruparupa. La
expedición fue un fracaso y el hecho de que la integración
de los panatagua al régimen colonial español tuviera que esperar
hasta el siglo XVII ha llevado a pensar en un gran vacío amazónico.
Pero evidencia arqueológica y etnológica revela que los panatagua
-como en general muchísimos elementos llamados selváticos-
desempeñaron un rol fundamental en el desarrollo cultural
y social del Pilcomayo. Incluso queda abierta la posibilidad
de que el propio término «chupaychu» -que en quechua cuzqueño
significaría «acaso mi cola» o «acaso tengo (o soy de) cola»-
no sea más que una de las múltiples formas descriptivas con
que grupos de distinta cultura, clima y vestimenta han clasificado
(a lo largo de la historia) a quienes perciben como diferentes,
o han querido diferenciarse de quienes suponían inferiores.
Si, como ha sido señalado, los habitantes de
las zonas altas de Huánuco llaman a los moradores de los valles
templados «chupaychu» (afirmación o negación de un rabo, quizá
originada en la suerte de cola que se asemeja al común taparrabo),
bueno es recordar que los habitantes de esos mismos valles
cálidos llaman a los moradores de las alturas shucuy
, a saber cuy. Así, si se acepta que los habitantes de las
alturas pudieran burlarse de esos rabones, que no parecían
vivir en casas, ni tener ropa tejida y más bien paraban con
su desnudez al fresco, debe admitirse que desde abajo y en
contacto con la vida al aire libre, los habitantes de las
alturas semejarán conejitos de indias, roedores siempre dispuestos
a meterse en su hueco, incapaces de vivir al aire libre como
uno. Así, el conflicto entre shucuy y chupaychu,
entre «cuyes» y «rabones», solamente demuestra que el prestigio
humano es algo muy antiguo y generalizado. Pero también ayuda
a entender que por amplio y variado que hay sido el espacio
geográfico en que pretendemos descorrer esta historia, los
habitantes de uno y otro extremos del amplio espectro de climas
y altitudes no solamente estaban al tanto de la existencia
y características de los otros, sino que tenían posición al
respecto y no vacilaban en expresarla en forma algo sarcástica.
Total, después vendría un mundo dominado por rinrisapas
(orejones) y luego dominado por suncasapas (barbudos).
La administración de una provincia del inca[2]
La publicación de las visitas de Huánuco abrió
un primoroso camino hacia la mejor comprensión de la vida
provincial en el Tawantinsuyu. La feliz iniciativa de arqueólogos,
etnólogos e historiadores seguirá dando fruto. Recientemente
Craig Morris y Donald Thompson han publicado los pulcros y
contundentes resultados de más de tres lustros de excavación
y análisis de la ciudad de Huánuco Pampa: el supuesto Imperio
Inca se veía muy distinto desde la periferia que del centro,
las instituciones políticas y económicas parecen no haber
estado tan separadas ni nítidamente definidas como en otros
estados antiguos, la actividad mercantil y el intercambio
de mercado fueron menores que en sociedades comparables. En
suma, una confirmación arqueológica de la imagen de un imperio
redistributivo y una revaloración de la importancia del ceremonial
estatal. Pero también una viva y sostenida composición de
una ciudad inca, y del conjunto multi-étnico que gravitaba
en torno suyo, que será un gusto ver detenidamente.
Lo primero a destacar en este viaje arqueológico
es el carácter intrusivo y foráneo de Huánuco Pampa. En otros
términos, resulta muy difícil pensar en la inmensa ciudadela
como resultado del desarrollo autónomo y nativo del lugar.
Más bien queda claro que la construcción de Huánuco Pampa
fue fruto de la llegada de elementos ajenos a la tradición
local. A pesar de la existencia de ruinas preincaicas en la
pampa cercana a la ciudad, más de mil excavaciones en el propio
perímetro de la ciudadela no han arrojado evidencia alguna
de construcciones anteriores al tiempo del Inca. Queda así
claro que no se puede considerar a Huánuco Pampa una llaqta
imperial de origen yaro, que simplemente habría sido embellecida
luego por Tupac Inca. La evidencia arqueológica deja claramente
establecido que los Incas construyeron el centro administrativo
básicamente en suelo virgen y que es probable que la construcción
haya empezado hacia el último cuarto del siglo XV. Algunos
edificios a medio construir acrecientan la imagen de que la
urbanización de la pampa y la expansión del centro administrativo
-de por sí de dimensiones extraordinarias- estaba todavía
en marcha cuando llegaron los españoles. También se confirma
la idea de un súbito abandono de Huánuco Pampa.
La importancia de este centro administrativo
ubicado en el Chinchaysuyu queda claramente expresada, al
eco de las ordenanzas del Inca que cita Guaman Poma: «mandamos
que ayga otro Cuzco en Quito y otro en Tumi (Pampa) y otro
en Guanoco (Pampa) y otro en Hatun Colla y otro en Charcas
y la cabeza que fuese el Cuzco y que se ajuntasen de las provincias
a las causas al consejo y fuese ley». ¿Cuáles serían las provincias
cuyos recursos y dirigencia debían subordinarse al dictamen
del centro administrativo? La vasta muestra de cerámica estudiada
sugiere que en torno a Huánuco Pampa gravitaban grupos étnicos
de las cuencas del Huallaga y del Marañón, además del callejón
de Huaylas: chupaychu, yacha y quero, como también allaucaguanuco,
ichocguanuco y huamalíes, o conchuco y huayla. En grado diverso,
hombres y mujeres de estos y otros linajes acudieron por turnos
a la ciudad del Inca, sea llevando maíz, ropa de lana y otros
tributos, sea yendo a residir temporalmente ahí y levantar
las paredes del Inca, o tejer ropa para el Inca y cocinar
comida para los trabajadores del Inca. El análisis de la cerámica
arroja luz sobre el carácter intrusivo y foráneo de la ciudad
del Inca. La amplia mayoría de vasijas halladas en Huánuco
Pampa imitaba la alfarería cusqueña, la cual mostraba contrastes
dramáticos frente a la cerámica local, algo más simple y menos
ornamentada. Las alfarerías nativas imitaban el estilo cusqueño
solamente en detalles muy menores, observación que permite
vislumbrar la continuidad de tradiciones anteriores al Inca.
Uno de los elementos que más impresiona al observador
es la dimensión de la solución Inca a la marginalidad económica
o a la dependencia de productos originados en territorios
lejanos: la respuesta a la necesidad de levantar los recursos
financieros en que se apoyaba la expansión del Inca. En efecto,
el viajero que llegaba por ejemplo del norte -por el camino
real que unía Quito y Cajamarca con Huánuco Pampa- , podía
distinguir (ciertamente con más nitidez que le arqueólogo
de hoy) largas filas de grandes depósitos asentados en una
colina al sur de la ciudad. Estamos sin duda ante una clara
indicación de la riqueza del Inca y el alto criterio de seguridad
puesto de manifiesto en la posición de los depósitos. Eran
edificios circulares y rectangulares - con capacidad para
almacenar hasta 14.000 y 23.000 metros cúbicos respectivamente-,
con una suerte de ventanas alargadas en lugar de puertas y
entradas, donde se ha encontrado multitud de arybalos.
Evidencia sólida indica que ahí se almacenaron alimentos,
pero una visión somera a los tributos que se llevaban a la
ciudad del Inca asegura que el rubro alimentos no era el único
activo del Inca a preservar. Es muy probable que algunos depósitos
se usaran para almacenar ropa, sandalias, armas. Los arqueólogos
han encontrado restos sustanciales de maíz y tubérculos,
pero el resto fue consumido, extraído o saqueado, o simplemente
destruido por el fuego imprevisto o el más certero transcurso
del implacable tiempo.
La arquitectura de Huánuco Pampa fue de dimensiones
colosales y de aspecto variado. Una llamada casa del Inca
(ubicada al extremo este del complejo) se componía de una
decena de estructuras bien dispuestas, con techo a dos aguas
y puertas trapezoidales. Los muros de piedra variaban del
almohadillado cuidadoso de los aposentos centrales al menos
armónico pircado de las construcciones periféricas del complejo.
Una kancha en el sector sur de Huánuco Pampa comprendía 19
estructuras cubiertas por una muralla. Restos hallados en
otro complejo en el sector este sugieren la imagen viva de
varias mujeres conviviendo juntas, tejiendo y fermentando
chicha de la buena y produciendo alimentos a gran escala.
Por cierto un complejo de la parte oeste deja la impresión
de haber sido un conjunto de instalaciones a manera de barracas,
donde la gente comía y eventualmente vivía. Pero no se cocinaba
ahí y cabe la posibilidad de que esos comensales y potenciales
ocupantes hayan sido predominante o completamente varones.
Dicen los arqueólogos que a primera vista la
diversidad de complejos impide formarse una idea de conjunto,
pero que bien mirado no cabe duda que Huánuco Pampa fue edificado
siguiendo un plan preconcebido, en el cual la ciudad crecía
en cuatro direcciones a partir de un centro colosal: un ushnu
o plaza abierta de 550 metros de largo y 350 de ancho. Cada
sector de la ciudad se subdividía a su vez en tres, lo que
nos ofrece el plano de una ciudad dividida en 12 sectores
radiales. El fino análisis de Huánuco Pampa, hecho por os
arqueólogos Morris y Thompson permite comparar la disposición
del espacio en la ciudad con la articulación de las huacas
y zeques del Cuzco, y aunque no se puede afirmar que
la división del espacio estuviera estructuralmente organizada
en torno a altares, sí es alta la sospecha que lo que se estaba
estructurando en Huánuco Pampa no eran «altares sino grupos
sociales. En otros términos el plano d la ciudad de alguna
manera reflejaba la posición e interrelación entre los grupos
que la ocupaban».[3]
Hay que tener presente que el «pacto colonial»
que ligaba a los grupos étnicos del radio de Huánuco Pampa
con le Estado cusqueño resultaba de un acuerdo y de unas reglas
claramente establecidas. Así, el Estado imperial inca -que
necesitaba del trabajo humano para financiar su expansión-
tenía que alimentar y mantener a quienes trabajaban para él.
Hoy en día esa obligación estatal se paga con un cheque que,
a título de sueldo y en el mejor de los casos, cubre apenas
las necesidades básicas de una unidad familiar. En tiempo
del Tawantinsuyu el Estado no se limitaba a calcular la composición
y costo de lo que, hoy, se ha dado en llamar «canasta familiar»:
las acllas del Inca ponían en la mesa cantidades de
comida y chicha. Pero había más, pues la arqueología de Huánuco
Pampa permite sugerir que el «pago» del Inca también podía
incluir «la provisión de utensilios y viviendas en ciertos
contextos urbanos» o en casos especiales «la provisión de
lo que constituía esencialmente una vivienda equipada». Los
trabajadores estatales chupaychu y sus vecinos ocuparon esas
viviendas, se alimentaron en barracas y muy probablemente
cada grupo tuvo su «barrio» en la ciudad. Pero quizá el barrio
no se elegía, quizá se asignaba o se obtenía: tanto en base
a su posición relativa a otros grupos étnicos del entorno
amplio que venimos viendo como a su relación con el Tawantinsuyu.
Incluso, si atendemos a Guaman Poma, podríamos inferir que
los de Allauca Guanuco podrían haber sido privilegiados en
el hospedaje, por ser del linaje con el cual había unido su
sangre Tupac Yupanqui.[4]
Hay que cerrar los ojos y abrir el pensamiento
para situarse en ese impresionante ushnu de dimensiones
casi sobrehumanas -al cual convergían todos los espacios de
la ciudad- y adivinar la sombra de múltiples cuadrillas de
trabajadores moviendo sogas y piedras. Escuchar el paso de
cargadores, sin número ni rostro, intentar acompañar la variada
métrica con que iban generando poesía en movimiento al peso
diverso de cantidades de maíz, ropa, sandalias, ají, verdes
y jugosas quintuchas de coca, cálidas mieles con aromático
cuerpo: runas y warmis capaces de rimar cuanto
fruto natural o pacientemente elaborado pueda haber tenido
sitio en el reino de este mundo. Atisbar los inmensos aretes
de funcionarios estatales, cuya minuciosa severidad de burócratas
se aplicaba por igual a la cuantificación y taxonomía de hombres
y cosas. Sentir a los camayoc contar, con la paciente
y efectiva constancia del agua que cae seguido sobre la piedra,
los productos entregados al Estado. Contemplarles las manos
y el ceno al atar los nudos de la estadística que cifraban
los activos del Inca: sea con arreglo a las ataduras, color,
largo y contextura de una previa tasa o bien tomando como
variable independiente el corte de pelo o el color de llautos
de sus portadores.
Otrosí digo: no se pida al autor de estas líneas
que responda a preguntas -tan de otro mundo y otra disciplina,
tan arte de otra dimensión- como la que me ha sugerido una
persona en extremo allegada: ¿pero serían, capaz, hormiguitas
salvajes trabajando? No lo sé ni me atrevo a provocar algo
así como el reflejo del otro lado de la luna. Solamente consta
que eran de carne y hueso como nosotros, poseían seso y aspiraciones
como nosotros, apetito de variado tipo como nosotros y eran
sobre todo y antes que nada -a diferencia de nosotros- la
unidad celular cuya actividad y reproducción hacía posible
la acumulación de los amplios fondos y rentas con que el Inca
financiaba y mantenía la marcha de las cuatro partes del mundo.
Hasta aquí llega mi amor, como solemos expresar los peruanos
con tono y ánimo de inuendo y significado múltiple.
En verdad, las visiones profundas que sugiere
el concebible desfile humano en el ushnu de la ciudadela
del Inca resultan casi simples y fáciles de percibir, frente
a la contemplación del mismo espacio recorrido probablemente
por individuos de externalidad similar, reunidos con ocasión
de algún ceremonial importante. Allí habrán confluido nutridas
y festivas cohortes, agrupaciones selectas del multiétnico
fresco humano que orbitaba en torno a la ciudad del Inca y
tenía en Huánuco Pampa el centro de atracción e interacción
que hacía verdadera su integración al Tawantinsuyu. Habrá
sido cosa de ver a aquellos allaucaguanucos: casi siempre
a la cabeza del rango de participantes e incluso de sangre
emparentada con Tupac Yupanqui.
Es imposible delinear el orden de aparición de
os plurales personajes y las secuencias de una coreografía
-sagrada sin dejar de ser laica, o al revés- de cuya debida
ejecución dependían el mundo y las cosas de este mundo. Pero
ahí habrán estado estos paisanos remotos de ichocguanuco,
los de huamalíes, los guacrachucos: todo o casi todo el elenco
múltiple cuyo espacio, apariencia y remoto origen hemos sobrevolado
en le primer capítulo. Y claro -siempre al final, siempre
al medio, o siempre al comienzo- aquellos chupaychu que desvelan
nuestra imaginación. Y deben haber tomado, bailado, comido
y bebido en conformidad con la importancia de las fiestas
de una programación ceremonial vital para la seguridad y productividad
del Estado: en tiempo del Inca los rituales se percibían como
engranajes absolutamente necesarios para que el capital humano
cumpliera con producir los recursos financieros que el Estado
Inca demandaba.
El claro y grato lenguaje de los arqueólogos
de Huánuco Pampa nos advierte que en la ciudad del Inca «modos
tradicionales de compartir bebida y comida fueron posiblemente
usados para cimentar las lealtades y ayudar a motivar la colaboración
económica, política y militar». Así, en estas fiestas y bailes
ceremoniales, de carácter ritual y participación masiva, se
urdía una multiétnica holografía que desafía la capacidad
onírica del ciudadano de hoy. ¿Cómo aprehender una parte infinitesimal
de la casi inimaginable articulación de planos concretos y
singulares que percibe o recorre un individuo o su grupo familiar?
Cómo intentar la integración de niveles que hoy día nuestras
sociedades se empeñan -casi con aprensión fóbica la eventualidad
de contaminar los umbrales de una vida con el contacto o sobreposición
de una y otra esfera- en mantener tan separados lo político,
religioso, social y ceremonial? Aquellas fiestas y danzas,
esas libaciones generosas, «eran los más directos e inmediatos
lazos entre el Estado, tal como lo simbolizaba el Inca o su
gobernador, y el pueblo -ayudando a establecer la noción que
participar del Estado era algo más que cultivar las tierras
estatales o ir a pelear a una guerra lejana»[5]
Bien se sabe y se conoce que la manera en que
el culto al sol, a Pachacamac y otras divinidades estatales
del Tawantinsuyu se impuso «respetando los huaris,
jircas y pucullos de los huanucos y chupachos».
Se construyeron templos para el sol o inti huasi, adoratorios
o paccarinas para las guacas, y chullpas
o pucullos para venerar a los muertos. Estos templos
contaban con gente, ganado y tierras a su servicio. La grandiosidad
del templo del sol en Huánuco Viejo era renombrada a lo largo
del Chinchaysuyu. Hasta la ciudadela Inca iban los chupaychu
con sus ofrendas: plumas de los antis, conchas coloradas del
mar (mullu), ovejas, cebo, cuyes, coca chicha y demás. Para
satisfacer el requerimiento de las ofrendas al culto, los
chupaychu -en palabras del memorioso Xulca Condor- «tenían
chacras e indios que lo ;beneficiaban e sembraban, e que todo
daban de su voluntad». Más cerca al valle mismo quedaba el
templo a Guanacaure. Se piensa que la institución de este
adoratorio estuvo asociada con la presencia del poder de Tupac
Yupanqui en Paucar Pampa. Fue tarea delos chupaychu dotar
a la guaca de alimentos, ropa, oro, plata, servicio
personal, vírgenes y demás. En tiempos coloniales tempranos
fue objeto de diversas expediciones punitivas o de simple
saqueo: hoy guiadas por un ambicioso capitán, mañana por un
letrado clérigo.
Así como en el plano del culto a las divinidades
había deidades asociadas al Estado central y otras vinculadas
al entorno doméstico, las danzas y ceremoniales podían adquirir
vaivén, sonido y motivación de carácter local. Hasta cierto
punto se mantuvo una sensación de fuero autonómico y una relación
de identidad más inmediata y directa, que se manifestaba especialmente
en las fiestas ceremoniales. El calendario ritual de fiestas
centrales del Inca era mantenido en los cuatros suyos, pero
también había ciertas fiestas que eran particulares de una
de las cuatro partes del mundo. Una de ellas fue la conocida
danza wawku, presentada, en palabras de Guaman Poma,
como la «fiesta de los chinchaysuyu, uaco taqui uacon, Guanoc
Pampa Paucar Pampa fiesta». Hombres y mujeres participaban,
tanto separándose cuanto juntándose. Ellas tocando un pequeño
tambor, casi pandereta, y ellos soplando la cabeza y cuernos
de un venado. Así iban cantándose invitaciones o reclamando
cariño y atención. Y baile y cante usted, hasta que -blandiendo
el cuerno del venado y dirigiéndose a ellas- los varones cantaban«chicho,
chicho, chicho», esto es, preñada, preñada, preñada. Y
la fiesta se prolongaba en artilugios de danza y composición,
cuyo eco aún da vida hoy a algunos de esos parajes en que
antaño se movieron nuestros personajes. Así, mientras ellas
reclamaban por la ausencia de alguien y demandaban saber dónde
habían estado los fulanos, ellos respondían: «en Kusi Pata,
mi elegida, viendo mujeres; en Huaykay Pata, viendo Llank’ay
Pata». Y entonces, con el estribillo de «uauco, uauco,
uauco» se cantaba, bailaba y tocaba por igual en la pampa
de los
* Efraín Trelles Aréstegui se graduó como Bachiller de la Universidad
Católica de Lima. En 1983 optó al ;grado de Master of Arts
con The integration of an andean ethnic group into the
early Encomienda system. The case of de Chupaychu
in Huánuco, Perú, 1532-1562, en la Universidad de Texas
(Austin). Ha sido profesor asistente en esa misma Universidad
y en el Post-Grado de Ciencias Sociales de la Universidad
Católica, así como docente de las Escuelas Campesinas de
la Confederación Campesina del Perú. El trabajo que presentamos
es una miscelánea de dos capítulos de su libro Linajes
y futuro, editado por SUR y Otorongo Producciones en
1994, en Lima. En el primero, Trelles cuenta sobre la diversidad
étnica del hinterland del futuro Wanuku o Huánuco
incaico. En el segundo, muestra la ciudad viviendo.
[1] Reproducción
del quinto capítulo de la Sección I ( “De hombres,
tierras , aguas y otras inquietudes”), de Linajes
y futuro, Efraín Trelles Aréstegui, SUR y Otorongo Producciones,
1994, Lima.
[2] Reproducción del primer capítulo de la Sección III
(“Servir al Inca y verlo caer”) de Linajes
y futuro, op. cit., páginas 85-90.
[3] Ver Huánuco Pampa, de Craig Morris y Donald
Thompson, New york, 1985: 57-58 para el ushnu o plaza abierta;
73 para el rol de los altares en la división del espacio
cuzqueño.
[4] Estamos glosando el artículo de Craig Morris Huánuco
Pampa: nuevas evidencia sobre urbanismo Inca publicado
en Lima en el tomo XLIV de la Revista del Museo Nacional.
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